Desde los albores de la civilización, el ser humano ha tenido la necesidad imperiosa de relatar historias. No obstante, las herramientas empleadas para este fin han condicionado profundamente el alcance y la estructura de dichos mensajes.

En primer lugar, debemos comprender que la narrativa tradicional, ligada de forma casi indisoluble a la imprenta y a los formatos físicos como libros o folletos, establece un flujo de comunicación lineal. En este modelo, el autor funge como el único creador y el lector asume un rol esencialmente pasivo, limitándose a decodificar un camino previamente trazado.

"El desarrollo que ha tenido la narrativa audiovisual ha sido fuertemente influenciado por el desarrollo de tecnologías que cambian la forma de crear, transmitir y consumir contenido, dando lugar a la adaptabilidad en las narrativas digitales."

— Karbaum Padilla (2021)

Por consiguiente, esta adaptabilidad mencionada por Karbaum Padilla ha derivado en lo que hoy conocemos como narrativa digital. Esta no consiste meramente en trasladar texto físico a una pantalla, sino en una transformación sustancial de la práctica de lectura y escritura. Mediante la integración de la interactividad, el hipertexto y una gran variedad de soportes multimedia, la narrativa digital democratiza el espacio comunicativo, convirtiendo al antiguo receptor en un participante dinámico de la historia.